La Plaza Baralt se vistió de versos y títeres: el Movimiento Poético celebró tres décadas de Titilar

La tarde del 28 de marzo de 2026, la Plaza Baralt de Maracaibo fue nuevamente el escenario de una de esas confluencias que solo ocurren cuando la voluntad cultural de una ciudad se niega a rendirse. El Movimiento Poético de Maracaibo organizó una nueva toma poética de ese espacio emblemático del corazón zuliano, convocando voces, cuerpos y memorias bajo la misma premisa que ha sostenido su trabajo durante años: la calle es también literatura, y la literatura es también pueblo.

La jornada comenzó con la voz de Ender Romero, poeta oriundo de Machiques de Perijá, cuya lectura abrió el encuentro con el tono necesario: la palabra como gesto inaugural, como umbral. Romero, representante de esa geografía interior del Zulia que a menudo permanece en los márgenes de los circuitos culturales centralizados, trajo consigo la densidad de una región que lleva en su paisaje la materia misma de la poesía.

A continuación, el dramaturgo y poeta Carlos Ildemar Pérez presentó su libro Teatro Vario-Pinto, una recopilación de piezas teatrales que durante años han circulado en versiones parciales o inéditas, y que ahora encuentran en el libro su forma definitiva y pública. La presentación tuvo lugar en el sitio exacto donde muchas de esas obras han sido pensadas, discutidas y llevadas a escena, lo cual le otorgó al momento una carga simbólica particular: el autor ante su ciudad, y la ciudad ante una obra que en gran medida le pertenece.

Uno de los momentos más sentidos de la tarde fue el homenaje póstumo al educador y poeta Heberto Pacheco Fernández, figura cuya labor pedagógica y literaria dejó huellas profundas en varias generaciones de lectores y estudiantes zulianos. Recordar a los que ya no están es también un acto de resistencia cultural, y el Movimiento Poético de Maracaibo lo sabe bien: la memoria no es nostalgia, es territorio.

El grupo Roca Teatro animó el espacio con Vitalia, un performance de zancos que transformó la plaza en un espacio de asombro y juego. La presencia de los caminantes de altura sobre el empedrado histórico de la Baralt produjo esa rara mezcla de extrañeza y familiaridad que caracteriza al buen teatro callejero: lo cotidiano interrumpido, la ciudad mirándose a sí misma desde una perspectiva insólita.

Pero el centro de la celebración del día era uno, y su nombre lo dice todo: Grupo Titilar, que ese 28 de marzo cumplió treinta años de trayectoria ininterrumpida en el teatro experimental infantil venezolano. Fundado en abril de 1996 por Marcos Meza, William Quiroz, Doris Valbuena y Peggy Monsalve —egresados todos de la Escuela de Teatro Inés Laredo de Maracaibo—, Titilar nació con una convicción que el tiempo solo ha confirmado: el teatro para niños no es un género menor, sino uno de los más exigentes y necesarios.

Su historia es también la historia del teatro infantil zuliano. En 1997 presentaron Ese árbol y yo, obra con la que obtuvieron una mención especial en el Festín 97 de Caracas y que luego llevaron al XII Festival de Teatro de Oriente y al VIII Festival de Teatro para Niños y Jóvenes en San Felipe, Yaracuy. Desde entonces, su catálogo ha incluido montajes de Bruno Mateo, Aníbal Rodríguez, y en dos ocasiones memorables, una versión propia de El mago de Oz —en homenaje a Víctor Fleming— que repitieron con éxito en 2004 y en 2014, cuando la película cumplía 65 y 75 años respectivamente. Han pisado el escenario del Teatro Nacional de Caracas, han cruzado fronteras hasta el Festival Internacional Festicaribe en Santa Marta, Colombia, y han sabido que el público más honesto del mundo es el que todavía no ha aprendido a aplaudir por compromiso.

Para cerrar la celebración de sus tres décadas, Titilar presentó Titiriteando, la obra original de Carlos Ildemar Pérez que el grupo ha llevado a escena en distintas épocas y contextos, y que constituye uno de los vínculos más duraderos entre el dramaturgo zuliano y el colectivo que ha hecho de su escritura materia viva. Verla de nuevo en la Plaza Baralt, treinta años después de que el grupo naciera, fue una suerte de cierre circular: el escenario callejero donde la cultura popular y la alta poesía se confunden, exactamente donde ambas deben estar.

La tarde del 28 de marzo fue, en suma, uno de esos eventos que demuestran que Maracaibo todavía tiene mucho que decir —en verso, en zancos, en títeres y en escena abierta— a quien tenga la disposición de escucharla.

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